sábado, 18 de julio de 2026

Tal vez Lautaro Martínez no sepa quién es Brian Enrique, pero al Toro y el Picante los unen el amoroso apoyo de sus padres, los incondicionales que impulsaron sus destinos

 






El delantero de la Selección conmovió al recordar la historia de sus comienzos en Bahía Blanca y, en otra escala en cuanto a llegada, el jockey de Esperanza, que dio doblete clásico en San Isidro el viernes con Don Logrado y Bailarín de Venecia, trajo a la memoria una confesión igual, de cuatro años atrás, cuando alcanzó su victoria número 1000



Habían pasado unos minutos desde que el seleccionado de fútbol de Argentina había inventado otra proeza en el Mundial 2026, en Atlanta, al ganarle a Inglaterra en los 5 minutos finales, cuando dio vuelta un resultado fatal. La tele devolvía la imagen de Lautaro Martínez, autor del 2-1 para la Albiceleste, entrevistado por Joaquín Bruno, periodista de TyC Sports, que, dicho sea de paso, se va a llevar algunos momentos más que sensibles de su cobertura.
El goleador nacido en Bahía Blanca, que pasó por Racing, de Avellaneda, antes de emigrar a Europa, donde hoy es el máximo artillero del Calcio, le dijo al cronista, el mismo que había chocado sus palmas con Leo Messi detrás del arco en el que el rosarino marcó el 2-0 ante Austria días antes, unas palabras que conmovieron, entre sollozos: “Es muy fuerte esto. La primera vez que mi viejo ('Mario', acotó Bruno) me compró un par de botines... siempre soñé con hacer este gol. Para mi vieja, que el día que me fui a Racing jamás dejó de tender mi cama. Y eso para mí vale más que un gol, que una final. Tengo a mis hijos aquí, disfruto de la vida...”, se confesó el Toro.




Ayer, Brian Enrique, que vino hace tiempo a Buenos Aires desde Esperanza, Santa Fe, a los 21 años, para cumplir el sueño de ser jockey, dio doblete en los clásicos de la reunión de San Isidro, una de las tantísimas jornadas triunfales que vivió en San Isidro y Palermo sobre todo. Con Don Logrado ganó el Clásico Cocles (L-2400 metros), después de dejar el codo a unos seis cuerpos de la puntera, Playa Chopera, y rápidamente pasarla de largo para imponerse por dos cuerpos a Saphirus Blue.
En su primera carrera en 24 cuadras, el hijo de Fortify, criado por San Benito, sus colores, pareció encontrar en el fondo la distancia que más se ajusta a sus condiciones de caballo clásico.
Un rato antes, Brian, al que en un día de cuadreras en Progreso, Santa Fe, cuando ganó tres carreras por poco, bautizaron “Picante” -como le contó a Pablo Díaz -, se había llevado el Clásico Necochea (L-1000 metros) casi ejerciendo el mismo sentido de la paciencia para esperar los últimos metros, que usaría luego en un tiro más extenso, con lo que su dirigido, Bailarín de Venecia, venció por 3⁄4 de cuerpo ante Land of Promise, mientras que Gracias Gringo fue 3° a la cabeza.
El día que llegó a sus 1000 triunfos, en septiembre de 2022, el jockey que ya había conseguido notables victorias con Village King, Luthier Blues y Calzonetti a esa altura, había confesado: “No lo puedo creer. Uno empezó de tan abajo, sin nada, que llegar a esta marca entre tantos jockeys buenos, no es poco”. El Picante les agradecía entonces a quienes le confiaron sus caballos, y a los trabajadores de los studs, los propietarios, los cuidadores, y remataba: “Me acordé mucho de mi papá y mi mamá. Si no fuera por ellos, por su apoyo, uno no estaría acá”.
No hay dudas, ni casualidades, ni pases de magia. El Toro Lautaro y el Picante Brian, sin siquiera conocerse, sintonizaron la misma frecuencia en el instante de la conquista suprema y recordaron a quienes más quieren, a quienes los apoyaron. No pensaron en sus sacrificios, sus entrenamientos ni en las virtudes y habilidades que los hicieron ganar, sino en los motores de sus vidas. Un denominador común en nuestro deporte, y en mil profesionales de todo origen en estas tierras.





Don Logrado






















































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