La verdad, no recuerdo
dónde se publicaron las líneas que van a continuación, cuyo título original era
“Palermo 140” .
Las removí de un archivo de Word olvidado y si no quedaron en un mero borrador,
fueron publicadas en 2016. La intención era sacar alguna data ahora, para Turf
Class, por el sesquicentenario –vocablo dedicado a Marcelo Durán- de la inauguración
del hipódromo. Pero todas me sonaban a mutilación hacia un texto que Carlos
Cardoso habría calificado como “peladito”, es decir, no pasible de correcciones
o agregados.
Así que, perdón por
esta pereza:
Cada uno de los millones que pasaron por Palermo desde 1876 sería capaz
de escribir una historia. Aunque haya ido sólo una vez, cada crónica hablaría
de momentos únicos, de experiencias que quisieran repetir o del serpenteante
derrotero de los aficionados de siempre, que al trasponer las puertas de
Dorrego, de la Oficial o de la Especial, saben bien que volverán. Pal
Sylvia Saitta, Ana Cecchi y Gabriela García Cedro (todas mujeres, sí, ¿qué tal?) se metieron en el mundo de “La Última Razón” (el seudónimo escasamente encantador que habría tenido el gran cronista, de agarrarle un fuerte sentimiento castizo), abrevando en esos textos gloriosos, que, por caso, fueron compilados en “A Rienda Suelta”, un libro que publicó Colihue, con prólogo de García Cedro.
El hombre que con su pluma ilustre hizo hablar a Botafogo y a Plutarco,
describió en mil crónicas que se conseguían por los módicos 10 centavos que
costaba Crítica, el mundo del
hipódromo “en el que todos somos iguales”. Entonces habló de los impiadosos
“ventanilleros” de aquellos años, que cerraban su ventana de golpe a riesgo de
quedarse con los dedos del apostador, cuando se cerraba el sport, aunque más
tarde escribiría una especie de retractación.
Pero es en la Popular de Palermo, a la que todos llaman la Perrera, donde puede hacer la
radiografía de los patos, que
emprenden con “honor turfístico” el camino de regreso, tras una jornada sin
aciertos; los líneas, capaces de
ofrecer una buena opinión, a los que diferencia de los rusos –los agarrados, no los inmigrantes que vemos hoy-, que
especulan jugando fuerte a placé alejados del “espíritu sportivo”; los flojos, que juegan a más de un caballo y
buscan ganancias fáciles, o los cajeros,
que se tapan la cara, apuestan cuando todos están en las tribunas observando la
carrera previa y se esconden en los transportes, con culpa. “Si la humanidad
entera fuese, por fortuna, aficionada a las carreras, cesarían de inmediato las
luchas de clase, de raza y de partidos”, recuerda García Cedro una sentencia de
Last Reason.
En Crítica, los relatos más
hípicos, técnicos, sobre la carrera en sí, estaban a cargo de los hermanos
Ottone, fundadores luego de la revista Palermo.
Para el filósofo y escritor español, Fernando Savater “el
hipódromo de Palermo es el locus (lugar) por excelencia del turfismo porteño….Antes
de ser reformado a fondo hace no muchos años, Palermo tenía algo de viejo
palacio viscontiniano, arrebujado en su decadente nostalgia. Allí corrieron las
leyendas del turf porteño, aquellos Mingo, Naciano, Botafogo... Ahora Palermo
ha sido remozado, ha ganado mucho en funcionalidad y guarda aún retazos de su
viejo encanto, «como el perfume que queda en un jarrón vacío». Su pista de
arena es envidiable, una de las mejores que conozco en su género...”
Palermo es Kentucky, la antigua pizzería de Santa Fe y Godoy Cruz
(reproducida hasta lo indecible hoy, gracias a las “franquicias”) en la que los
catedráticos se reunían en “la previa” (no se llamaban así entonces) de las
reuniones hípicas, en los años 60. Son los taxis “colectivos”, los micros a
Plaza Italia, a Flores, a Liniers, a Boedo, en la esquina de Dorrego, con los
choferes voceando para llamar a los pasajeros; el tranvía que terminaba en
Pacífico (hoy es la línea 34) la florida galería del Paddock con el cafetero
“Cosenza”, bautizado así por su parecido al jockey Orestes Cosenza; los
“punters” o “bookmakers” de guardapolvo blanco que recibían apuestas sin hacer
cola; las ventanillas de Libertador, por número del competidor y según las
llaves, con sus filas que llegaban hasta lo que hoy es la sala de arte, en la
que correspondía al favorito. La tribunita de seis escalones acompañando como
una tangente el inicio del codo de Dorrego; la ola que cruzaba Libertador para
ganar Pacífico; la barra que acertó al batacazo de la última y cruza en Ortega
y Gasset acompañando al héroe de cuatro patas a su stud, al peón y a sus
propietarios. Las discusiones en la tribuna, en las que se trenzaban veinte;
los caballos, de vuelta de la carrera, entrando por la calle que separa al
Paddock de la Oficial.
Nadie se salva, en esta ciudad, de la magia de Palermo, de la anécdota que lo tiene como escenario. Como la del maestro Horacio Malvicino. “Era un chico cuando vine con mi padre a Buenos Aires desde Santa Fe, para que me operaran de estrabismo. Un día él subió a un taxi y descubrió que ya estaba ocupado. Iba a Palermo. Desde ese momento él aprendió a disfrutarlo y me lo transmitió”, cuenta el músico, guitarrista de todas las agrupaciones de Astor Piazzolla y más tarde un subyugado criador y propietario.
Cuenta Juan Carlos Bagó que cuando pasaba en auto por el hipódromo,
dejando Dorrego para meterse en Libertador, junto con su padre, Sebastián, éste
pronunciaba casi invariablemente una filípica sobre el juego. Aquel catalán
valiente, encargado de la filial argentina del laboratorio español Cusí al que,
al estallar la Guerra Civil, dejaron aquí para que “se arregle solo”, veía apenas
el lado oscuro del turf. Mientras, por dentro, Juan Carlos guardaba la secreta
esperanza de franquear esas puertas para ver una carrera, atraído por el
magnífico escenario. El bioquímico y farmacéutico no defraudó a su padre en el
espíritu emprendedor y corajudo (junto con su hermano, Sebastián, presiden el
laboratorio nacional número 1), pero no pudo esquivar la pasión por el turf y
el caballo que ya lo dominaba.
Malvicino, ya fallecido, y Bagó no sólo corrieron y corren caballos sangre pura con sus colores, el sueño máximo del burrero de a pie, sino que llevaron el impulso que genera uno de los animales más nobles hasta crear sus propios haras, San Antonio y Firmamento (uno de los grandes líderes entre los criadores). Dos entusiastas a los que Palermo captó para siempre. Dos presas del increíble espacio que está cumpliendo 150 años.





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